Cuento inédito de Pepe Pereza
Efectivamente, aquella tarde ni José ni Jesús se presentaron a la cita. A pesar de que ya estaba prevenido no pude evitar sentirme traicionado. La rabia, el enfado, la traición, todo me lo tragué con resignación mientras caminaba hacia El Torreón. Al no venir Jesús no disponía de la azada y tuve que cavar con mis propias manos. Yo también las tenía llenas de ampollas y callosidades pero nunca se me ocurrió quejarme por ello. Para animarme pensé en el tesoro y en todo lo que podría comprar con él: caballos, juguetes, bicicletas, todas las chucherías del mundo... Me imaginé la escena, yo llegando al barrio con los bolsillos llenos de monedas de oro, y José y Jesús con sus bocas abiertas al verme llegar, arrepentidos de no haber seguido a mi lado. Y yo repartiendo las monedas entre los chavales, y ellos con cara de envidiosos sin recibir ninguna. Solo por eso merecía la pena seguir cavando con las manos. Entonces noté algo entre los dedos. Era pegajoso y desprendía un olor bastante desagradable. Era mierda. Había cogido un zurullo sin darme cuenta. Tras un par de arcadas, irremediablemente vomité. Volví a vomitar cuando intenté limpiarme con hierba y tierra. Y una vez más de camino a casa, cuando se me ocurrió olerme entre los dedos. Cuando llegué al barrio vi que los chavales habían formado dos equipos y estaban jugando al fútbol. José protegía una portería (las porterías se señalaban dejando los jerséis y las cazadoras en dos montones separados por unos metros que hacían las veces de postes) y Jesús ejercía de delantero en el equipo rival. El partido se jugaba delante de mi casa, que era un terreno llano, y con, más o menos, césped.
- Pepe, únete al partido -me gritó José al verme.
Jesús dejó de correr detrás de la pelota y se me quedó mirando. Entré en casa sin decir nada. Lo primero que hice fue lavarme concienzudamente las manos. Me las enjaboné una y otra vez hasta que el olor a excremento desapareció. Oí a mi madre y a mi hermana en el casillo, dando de comer a los cerdos. Me preparé un bocadillo de chorizo y salí al jardín. Me senté en las escaleras y mientras merendaba observé el desarrollo del partido de fútbol. Era evidente que se lo estaban pasando bomba y sentí un amago de envidia por no estar jugando con ellos. Cualquier otro día me habría acercado y le hubiera ofrecido mis servicios a cualquiera de los dos equipos, pero aquel día mi orgullo me lo impedía. Aún me sentía traicionado por mis amigos. Por otro lado, al no haber encontrado el tesoro también arrastraba un sentimiento de derrota. Con lo cual solo me quedaba el orgullo e hice acopio de él. De reojo observé que tanto José como Jesús estaban más pendientes de mí que de la pelota. Como consecuencia los pases que le hacían a Jesús pasaban de largo y los tiros a la portería que defendía José casi siempre eran gol. En un momento dado, Jesús dejó el partido y vino a sentarse junto a mí en las escaleras.
- ¿Has encontrado algo?
Negué con un gesto de cabeza ya que tenía la boca llena de pan y chorizo.
- Seguro que mañana tendremos más suerte.
- Seguro -dije después de tragar.
Permanecimos en silencio mientras yo acababa con el bocadillo.
- ¿Te apuntas al partido? En mi equipo necesitamos otro delantero.
- Vale...
Nos integramos en el grupo.
- Pepe juega con nosotros -anunció Jesús al resto.
-¿Quién gana? -Le pregunté para meterme en situación...
Después de aquel día, tal y como yo intuía, no volvimos a por el tesoro. Es más, desde ese día, cuando oigo la palabra tesoro siempre viene acompañada de un tufillo a excremento.