31.1.09

Un soneto muy originalmente ilustrado

Hace tiempo que veo cómo espira y eclectiza. Me gusta..., esas vueltas que le va dando a las palabras, a la sintaxis, cómo retuerce las imágenes, cómo rompe el ritmo..., a veces es difícil seguirlo, sobre todo si se pierde por los parques.
Como os decía, no lo he perdido de vista ni un solo día. Creía que ya no se escribían sonetos, tampoco es que a mí me gusten especialmente, pero acaba de editar uno en su blog, en colaboración con Geypermana, es trabajo en equipo, trabajo bien hecho. No es un soneto totalmente clásico pero me ha sorprendido y me ha gustado tanto que dejo aquí el enlace: espirador ecléctico

25.1.09

Los tesoros del Torreón (y III)

Cuento inédito de Pepe Pereza

Efectivamente, aquella tarde ni José ni Jesús se presentaron a la cita. A pesar de que ya estaba prevenido no pude evitar sentirme traicionado. La rabia, el enfado, la traición, todo me lo tragué con resignación mientras caminaba hacia El Torreón. Al no venir Jesús no disponía de la azada y tuve que cavar con mis propias manos. Yo también las tenía llenas de ampollas y callosidades pero nunca se me ocurrió quejarme por ello. Para animarme pensé en el tesoro y en todo lo que podría comprar con él: caballos, juguetes, bicicletas, todas las chucherías del mundo... Me imaginé la escena, yo llegando al barrio con los bolsillos llenos de monedas de oro, y José y Jesús con sus bocas abiertas al verme llegar, arrepentidos de no haber seguido a mi lado. Y yo repartiendo las monedas entre los chavales, y ellos con cara de envidiosos sin recibir ninguna. Solo por eso merecía la pena seguir cavando con las manos. Entonces noté algo entre los dedos. Era pegajoso y desprendía un olor bastante desagradable. Era mierda. Había cogido un zurullo sin darme cuenta. Tras un par de arcadas, irremediablemente vomité. Volví a vomitar cuando intenté limpiarme con hierba y tierra. Y una vez más de camino a casa, cuando se me ocurrió olerme entre los dedos. Cuando llegué al barrio vi que los chavales habían formado dos equipos y estaban jugando al fútbol. José protegía una portería (las porterías se señalaban dejando los jerséis y las cazadoras en dos montones separados por unos metros que hacían las veces de postes) y Jesús ejercía de delantero en el equipo rival. El partido se jugaba delante de mi casa, que era un terreno llano, y con, más o menos, césped.
- Pepe, únete al partido -me gritó José al verme.
Jesús dejó de correr detrás de la pelota y se me quedó mirando. Entré en casa sin decir nada. Lo primero que hice fue lavarme concienzudamente las manos. Me las enjaboné una y otra vez hasta que el olor a excremento desapareció. Oí a mi madre y a mi hermana en el casillo, dando de comer a los cerdos. Me preparé un bocadillo de chorizo y salí al jardín. Me senté en las escaleras y mientras merendaba observé el desarrollo del partido de fútbol. Era evidente que se lo estaban pasando bomba y sentí un amago de envidia por no estar jugando con ellos. Cualquier otro día me habría acercado y le hubiera ofrecido mis servicios a cualquiera de los dos equipos, pero aquel día mi orgullo me lo impedía. Aún me sentía traicionado por mis amigos. Por otro lado, al no haber encontrado el tesoro también arrastraba un sentimiento de derrota. Con lo cual solo me quedaba el orgullo e hice acopio de él. De reojo observé que tanto José como Jesús estaban más pendientes de mí que de la pelota. Como consecuencia los pases que le hacían a Jesús pasaban de largo y los tiros a la portería que defendía José casi siempre eran gol. En un momento dado, Jesús dejó el partido y vino a sentarse junto a mí en las escaleras.
- ¿Has encontrado algo?
Negué con un gesto de cabeza ya que tenía la boca llena de pan y chorizo.
- Seguro que mañana tendremos más suerte.
- Seguro -dije después de tragar.
Permanecimos en silencio mientras yo acababa con el bocadillo.
- ¿Te apuntas al partido? En mi equipo necesitamos otro delantero.
- Vale...
Nos integramos en el grupo.
- Pepe juega con nosotros -anunció Jesús al resto.
-¿Quién gana? -Le pregunté para meterme en situación...
Después de aquel día, tal y como yo intuía, no volvimos a por el tesoro. Es más, desde ese día, cuando oigo la palabra tesoro siempre viene acompañada de un tufillo a excremento.


24.1.09

...

Llegó un otoño muy frío, nadie recordaba las placas de hielo ni la nieve amontonada. A los habitantes de aquel lugar les pareció que los niños ya habían crecido y les pusieron puntos suspensivos para que fueran contando su historia.
Fuera del bosque los niños no saben continuar el cuento de su vida, los han echado del bosque demasiado pronto, no entienden por qué hay voces que los nombran con palabras cuyo significado desconocen, forasteros, cobardes, dañinos. Del bosque recuerdan la música sonando entre las hojas.
Algunos miraron los puntos y pensando que eran piedras para vadear el río, saltaron sobre ellos para no caerse y mientras saltaban aprendieron el lenguaje del vacío. Fuera de su mundo nadie entiende que el vacío no puede llenarse, que si colocan un tronco para ir de una piedra a otra o de un punto a otro, el vacío sigue existiendo bajo el tronco y además ahora tienen un obstáculo añadido, ya no ven los puntos para saltar.
Lejos del bosque los niños están ciegos, nadie lo entiende.
Cada uno cuenta de ellos una historia distinta y todas las historias son dudosas.
Soy una extranjera sin historia, pero nadie quiere creerme. Cuando se lo digo a la niña autista me sonríe y nunca sé si ella me cree, la verdad...


Esta es la segunda parte; la primera, escrita por Malvada Bruja del Norte, aparece en deja-vu.

23.1.09

Los tesoros del Torreón (II)

Cuento inédito de Pepe Pereza

En esos tiempos era fácil dejarse llevar por la imaginación, sumamente fácil. Al día siguiente regresamos y seguimos cavando. Esta vez avanzamos de veras, ya que Jesús le había cogido prestada a su madre una azada. A pesar de no sacar otra cosa que basura, nosotros seguíamos entusiasmados con la idea de encontrar un tesoro, y nos íbamos turnando para seguir cavando con la azada. Al cabo de unas horas estábamos rendidos y el sudor y la roña se mezclaban en nuestra ropa.
- Por hoy ya es suficiente -dijo Jesús mirándose las palmas de las manos.
Me molestó que Jesús tuviese la osadía de dar por acabada la sesión. Hasta aquel momento había sido yo el que tomaba ese tipo de decisiones. No dije nada, dado que la azada era suya y gracias a ella habíamos progresado el doble que en los días anteriores.
- Creo que me están saliendo callos de tanto cavar.
- Sí, yo también estoy cansado y tengo hambre. Mejor nos vamos a merendar -sugirió José.
- Por mí vale -dije intentando ocultar mi enfado.
- ¿Cuánto más tendremos que cavar para encontrar el tesoro?
- No lo sé, José. Pero te aseguro que lo encontraremos -dije mostrando seguridad, aunque realmente empezaba a mostrar algunas dudas al respecto.
Al día siguiente, José no acudió a nuestra cita y Jesús y yo decidimos ir a buscarlo a su casa. Cuando llegamos, Jesús escondió la azada detrás de unos rosales del jardín y después llamamos a la puerta. Salió la madre.
- José está castigado -dijo con aquel tono de voz tan caraterístico y desagradable.
- ¿Podemos hablar un momento con él? -le pregunté sin mirarla a los ojos.
Se lo pensó brevemente y sin decir nada entró de nuevo en la casa dejando la puerta medio abierta. Al rato salió José.
- Lo siento chicos pero estoy castigado y no me dejan salir.
- ¿Qué has hecho?
- Es por cómo traje la ropa ayer. Me habían advertido de que si me volvía a ensuciar me castigarían y eso han hecho.
- No te preocupes, si encontramos el tesoro te daremos tu parte -dije, sin consultarlo con Jesús, como reprimenda por lo del día anterior.
A Jesús no pareció importarle y apoyó mi decisión.
- Te daremos tu parte. Estate tranquilo.
- Gracias, amigos, pero ahora tengo que dejaros o mi madre me echará la bronca.
Recogimos la azada y nos fuimos directos al Torreón. Cuando llegamos vimos asombrados que alguien había llenado nuestro agujero con basura. Fue bastante deprimente saber que todo nuestro trabajo no había servido para nada. Teníamos que empezar de cero. Y lo hicimos. Sacar la basura del agujero nos costó toda la tarde. Yo notaba que Jesús empezaba a hartarse de tanto trabajo y que las dudas también hacían mella en su entusiasmo. Traté de animarle hablando de todo lo que podríamos hacer con el oro y las joyas que seguro encontraríamos. Pero él en ningún momento entró al trapo, simplemente se limitó a asentir con la cabeza. Cuando dimos por concluida la tarea me dijo:
- Los chavales del barrio han organizado un partido de fútbol para mañana.
- ¿Y el tesoro?
- Nos merecemos un descanso... Nos vendrá bien.
Yo intuía que si al día siguiente nos quedábamos jugando al fútbol seguramente nunca más volveríamos a por el tesoro Y no estaba dispuesto a rendirme..
- El tesoro es más importante que jugar al fútbol.
- Tengo las manos llenas de ampollas y...
- ¿Y qué?
- Y... quizá no haya ningún tesoro.
- Lo hay. Estoy seguro.
- Entonces ¿por qué no hay más gente buscándolo?
No supe qué contestar, así que desvié la conversación por otro derrotero.
- Si tú quieres rendirte, hazlo. Yo seguiré buscando y cuando lo encuentre me lo quedaré para mí.
De regreso al barrio apenas nos dirigimos la palabra y tuve la certeza de que al día siguiente iría yo solo al Torreón.

(Continuará)

22.1.09

Los tesoros del Torreón


Cuento inédito de PEPE PEREZA

No recuerdo cómo nos llegó el bulo de que en El Torreón había enterrados tesoros de la antigüedad. De inmediato, José, Jesús y yo nos pusimos a hacer planes para desenterrarlos. La imaginación de los niños ya se sabe que es desmedida y nosotros ya nos veíamos desenterrando espadas milenarias y cofres llenos de joyas y oro. He de decir que El Torreón en realidad no es más que el ábside de una iglesia de estilo ojival medio caída. Fue una edificación de granito y mortero de cal, con gruesas paredes reforzadas con contrafuertes y un arco de media punta. Aunque no tiene ningún valor histórico, las ruinas forman parte de la identidad del pueblo, tanta que hasta figura en su escudo... Llegamos al Torreón y entramos. Olía a excrementos y basura. Estaba claro que alguien lo estaba utilizando de basurero y más de uno se había aliviado de un apretón de tripas ocultándose entre los muros. Como no teníamos herramientas para llevar a cabo nuestro propósito, nos hicimos con unos palos y ayudándonos con ellos despejamos y limpiamos una pequeña zona junto al muro. Ya que teníamos que excavar con nuestras propias manos preferíamos no encontrarnos con un zurullo medio seco o alguna otra sorpresa desagradable. Limpiar aquella zona nos llevó más de dos horas. Estábamos cansados y sucios. Decidimos seguir con la tarea al día siguiente. De regreso nos pusimos a soñar.
- Cuando encontremos el tesoro me voy a comprar una bicicleta que tenga de todo -dijo José.
- Yo también quiero una. De color rojo brillante -añadió Jesús.
Hasta ese momento no me había planteado qué hacer con mi parte del tesoro. Las propuestas de mis amigos no estaban mal, y me animaron a darle a la imaginación. ¿Qué era lo que yo más deseaba?
- Prefiero un caballo. Uno de verdad -declaré rotundamente.
Al día siguiente, regresamos y nos pusimos manos a la obra. Aunque habíamos limpiado el terreno, en cuanto excavábamos un poco dábamos con más basura enterrada tiempo atrás. Apenas habíamos cavado medio metro cuando decidimos dejarlo por ese día. Cavar era un trabajo duro y más por utilizar solo las manos y unos míseros palos.
- ¿Os imagináis cuando tengamos nuestros caballos?
El día anterior, yo había convencido a mis amigos de que un caballo era mil veces mejor que una bicicleta.
- Yo pienso ir montado en él a la escuela -dijo Jesús.
- ¿Tú crees que nos dejarán? -preguntó José con cara de preocupación.
- Claro que sí. Los dejamos atados a la puerta como hacen en las películas del oeste. ¿Qué hay de malo en eso? -dije para tranquilizarlo.
- Y si nos dicen algo compramos el colegio y a ver quién se atreve a impedírnoslo -añadió desafiante Jesús.
- Eso sería estupendo -dije apoyando la idea de mi amigo.
- Nosotros los dueños del colegio, ¿os lo podéis imaginar?

Continuará

15.1.09

Gracias por los tesoros infantiles

No puedes dialogar con mi silencio aunque escribas sobre él y la tinta haga surcos como la cuchilla de un patín sobre la pista de hielo. Tampoco podrás describir todas las miserias humanas si no empiezas por las tuyas. Mis garabatos de hoy empezaron por no ser míos. Tendría que recoger la risa y dejarla aquí entre algunas hojas de elogio y las palabras de los tesoros infantiles. Nunca se me había ocurrido pensar en los tesoros ocultos de algún torreón, porque mi infancia tiene alguna torre pero ruinas de torreones, no. Y mi amigo me ha regalado la risa de su caballo, y la decepción de los tesoros infantiles. Si pudiera hacer que la carcajada estallara sobre esta pantalla cuando vi el caballo atado delante de la escuela. No sabías entonces que tenías el mayor tesoro, el de las palabras.
¿y qué hará ahora el pirata de mis sueños? Estoy por quitarle el parche, aún no sé si lleva pata de palo pero seguro que luce un garfio en su mano. Al menos no nos pirateará el caballo.

Escrito después de leer Los tesoros del torreón de Pepe Pereza.