22.2.09

Antonio Castellón y Palabras como rosas y otros asuntos varios


Le agradezco a Antonio Castellón el compartir con esta ciudad un premio que le han dado, Palabras como rosas. Como ya le escribí en un comentario, lo recibo con los brazos abiertos. Además, me gusta mucho el nombre de este premio, no solo por lo que significa, me gusta sobre todo por esas palabras y por las rosas. Cuidado con las espinas, sí, cuidado con las espinas de las palabras.
Antonio, desde su blog Cuaderno Nocturno, nos habla de las oscuridades y de la luz. De esas cosas concernientes a lo que solemos llamar espiritu y, sobre todo, de Hesse, y, estos días, de Hölderlin y su locura... Yo suelo visitarlo con nocturnidad y alevosía, porque me gustan sus palabras y sus meditaciones.
Ya sabéis que nunca nombro a nadie y que lo comparto con todos vosotros.

Quiero agradecerle también a Anti-Yo, aunque tarde, otro premio que compartió con esta ciudad y que en su día no agradecí públicamente. Os recomiendo también su blog Diario del Anti-Yo, esa lectura diaria de dos o tres frases, siempre filosóficas y que casi siempre me hacen esbozar una sonrisa. Por ese descuido mío imperdonable de no hacerme entonces eco de tu voz, especialmente para ti estas palabras y la rosa.

De paso, aclarar que Pepe Pereza existe, no es un seudónimo mío, ya quisera yo escribir y contar todo esto que él ha escrito. Mi nombre, para los que lo ignoren, es María Jesús.

21.2.09

El dolor / Pepe Pereza

El dolor del que hablo no se parece en nada al dolor físico, no es un dolor que se pueda soportar con dignidad. El dolor del que hablo no lo cura el tiempo, es una herida abierta para siempre. Ese dolor es capaz de cambiar a las personas, las hace peores. Ese maldito dolor acaba con lo íntimo, produce vergüenza, envejece y acarrea la certeza de una muerte inevitable, de que un pedazo de alma te ha sido arrancado de cuajo y para siempre...

Dejó de teclear porque las lágrimas le impedían distinguir sus palabras en la pantalla. Intentó con todas sus fuerzas guardar la compostura, pero le fue imposible, así que siguió llorando un rato más. Cuando por fin pudo calmarse, se limpió los ojos con las manos y se concentró de nuevo en el teclado.

...Ese dolor despierta los celos y la desconfianza, envenena la pasión y el deseo. Ese dolor siempre trae más dolor, más vergüenza. Es el único dolor que no soporto, el único que temo...

Otra vez sus ojos se llenaron de lágrimas. Necesitaba un porro así que se puso manos a la obra, aunque no fue una tarea fácil debido a lo acelerado de su pulso. El humo dulzón le produjo una sensación de sosiego, un breve instante de paz. Leyó lo escrito y de nuevo lo sintió, punzante y degradante como una violación, un sabor amargo de traición, un negro preludio que le anunciaba que el dolor había vuelto. Tecleó con rabia, intentando expresar sentimientos imposibles de plasmar en palabras. El pobre insensato pensaba que desnudando su alma en el ordenador recibiría algún consuelo a cambio.

... Ese dolor lo produce la infidelidad del ser amado, y cuando digo amado lo digo con todas sus consecuencias, con la experiencia que me da el haber querido por encima de todo, incluso por encima del orgullo y la rabia, aprendiendo a esconder todo este dolor en el estómago, a sabiendas de que el perdón es la única salida, siendo consciente de que con esta decisión volveré a pasar una y otra vez por lo mismo, que me veré obligado a perdonar cuantas veces haga falta. Porque el dolor que ahora padezco, intuyo que no será nada, comparado con el que sentiré al perderla...

De pronto oyó unas llaves en la cerradura, secó sus lágrimas apresuradamente y desenchufó el ordenador a toda prisa. Al momento ella entró por la puerta del estudio. Él sintió miedo, no quería que supiera que había estado llorando. Ella se acercó a él y le dio un beso en la mejilla, él olió el sudor del otro. Hacía varias semanas que había aprendido a reconocer ese olor a sudor. Ese olor era la esencia de la traición y el causante de todo su dolor, un dolor que tenía muchos más matices que los que había intentado describir en su relato, ese dolor era más brutal, mucho más mortal. Aun así, tragó saliva y trató de disimular...
- ¿ De dónde vienes? - De por ahí...
- ¿ Con quién?
-
Con unas amigas.
Mentía y él lo sabía.

-¿Has cenado? -preguntó él.
-No.
-¿Quieres unos filetes de lomo con nata?
-Vale.
-Te quiero.
-Y yo a ti.

Mentía y él lo sabía, pero la quería con toda su alma y no estaba dispuesto a rendirse, por eso se dirigió a la cocina mientras en el salón ella encendía el televisor.


(Del libro inédito Amores breves de Pepe Pereza)
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10.2.09

Envidia / Pepe Pereza


Acababa de escribirle un poema y se sintió muy solo. Se asomó a la ventana con la frágil esperanza de verla regresar. Allí abajo todos se dirigían a alguna parte, todos tenían un sitio adonde ir, todos tenían algo que hacer, alguien con quien estar... Los envidió a todos ellos.

(Del libro inédito Amores breves de Pepe Pereza
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