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28.4.24

No hay valientes en el paraíso / MJ Romero


 

Mujer con girasol cuando oscurece para la tormenta
mujer sin botas por la alambrada cuando piensa en la cena
de la última noche del año
mujer con perrito blanco con collar de cristales brillantes
al cuello (del perro)
anciana con bolsito dorado pidiendo limosna en medio
de la acera
joven vigilando a dos metros de distancia a la anciana
con bolsito que pide en la acera
hombre sentado sobre el peldaño de la oficina que vende
pisos en construcción
casi acabados mendigando porque está sin trabajo
y es padre de tres hijos
mujer caminando deprisa empujando la silla donde
su nieta va dormida
mujer con bolsas de plástico del supermercado
mujer esquimal con un pollo de plástico en la mano
derecha y un cuchillo en la mano
izquierda
mujeres zurdas las imaginadas y las reales
mujeres imaginarias de cartón
una larga fila.

***

El fuego lo cubre todo fuera del mar, chet, fuego dentro
de los corazones. Yodo y sal para la vida inconclusa

si regresas a los muros del pasado, los grafitis del tiempo
te devorarán los ojos.

Hacia delante, dicen, y pisamos las horas, los minutos del
porvenir.

***

La mujer que de tanto comerse las uñas se quedó sin dedos
y acarició con sus muñones las olas desde la arena y
vio a las mujeres desnudas caminando sobre la playa de
las manos de sus hijas también desnudas. La enfermedad
solo es un trasiego de manos, les dijo desde su orilla.

No hay valientes en el paraíso, MJ Romero
Prólogo de Ana Martín Puigpelat
Ediciones Tigres de papel, colección poeNOmas
Madrid 2024



19.6.14

INMINENCIAS / JULIO OBESO

El soldado

En las botas del soldado viajan una madre, un perro pequeño, alguna lápida no muy vieja; aquella muchacha lanzadera a la que le nacieron formas el primer día de navegar. En la cartuchera del soldado come un ratón de campo y su rascar son noticias de hermanos menores, de la casa con un tres, con una higuera, con una mariquita en un frasco. En la compañía el soldado está solo. Escribe palabras en la ceniza y amanece con labios sucios, saliva gris. En la herida del soldado, un tiovivo de escarabajos sortea la llaga como una trinchera. Danzan las últimas diez cartas del perfecto amor y entra en la paz, con la bayoneta sobre el pecho. 



Colateral

      A M.J. Romero Nicieza

Besa y su mueca ya no es discreta. La comisura izquierda la tensa el reloj de la torre y un revuelo de armiños suben del otro lado. Ocupan los girasoles uno de los hemisferios y cuelgan de sus dedos como ambientes invernales frente a la cocina de carbón. Aunque no pueda verlas sabe que las castañas están cambiando a otro estado, de un modo lento y continuo. También su pecho tapizado con delicados motivos, luminiscencias aromadas del jabón que más le gusta. Al separar los labios, el infinito es un índice resbalando cuello abajo. Es un parque y una escuela para las primeras palabras de los pájaros, fuentes semejantes y árboles místicos. Cumple los cincuenta a lomos de un indulto cuya belleza se cristalizó, gota a gota, en otras bellas apariciones. Ninguna como ella, ahora que sus hombros avanzan como queriendo decirse confidencias o asustar el espacio que la duda instala, entre una mujer y su espejo.

INMINENCIAS / JULIO OBESO
 Ediciones Tigres de papel, 2014