30.11.11

Gloria Martínez y sus tacones rojos

A pesar de todo, hay días buenos. Hay días que llegan buenas noticias, sorpresas agradables. A veces sucede. A veces podemos ponerles nombre.
Escribo los nombres:
Gloria Martínez Vicente y Ana Martín Puigpelat y Lyon,1943.
Gloria un día cambió el avatar de su blog, Lo raro es vivir, de repente aparecieron unos tacones rojos de aguja, y a mí, que nunca he calzado ni calzo tacones, me encantó. Una tiene en mente ese estereotipo de lo sexy que son unos tacones de aguja y más si son rojos (es solo una anécdota). Yo era asidua lectora de sus poemas, hasta que se fue a Italia y el blog dejó de ser actualizado. Dejé de oír su taconeo aunque seguía oyendo su voz por aquí cerca. De repente un día el blog se actualizó, cambió el colorido, el decorado…, pero seguía el mismo avatar y sus palabras.
Hoy abro el buzón y me llevo una gran sorpresa, me encuentro a Gloria con sus tacones en el buzón, nos envía un libro de Ana Martín Puigpelat con una carta especialmente entrañable, esas palabras que solo se escriben a los amigos, y que por respeto a la initimidad no transcribo.
El libro, Lyon, 1943, es de Ana Martín Puigpelat, Ed. El sastre de Apollinaire
Un libro corteza de árbol azul y negro, pero digamos que es un tronco herido de color azul y que el negro solo es la escritura del tiempo o de la vida sobre el árbol porque cuando lo abres y lo lees encuentras las heridas de la historia, que en un principio me llevó a ‘Hiroshima, mon amour’, a lo imposible, no exactamente el de G. Bataille, pero sí a un fuego próximo a él, porque la fogata del tiempo donde todo arde es el decorado de fondo, es el bosque donde este libro vive, y seguro que un cedro azul respira en su profundidad. Encuentras las heridas del amor, que no llega a ser herida, pero sí desvelos por el futuro: ‘Pone destellos y amarguras a un futuro inmutable’, ‘Si gano yo, perderás tu y entonces yo te pierdo’, ‘Si pierdes no podré verte morir’. Poemas hacia el futuro, llenos de simbolos, como esa ‘línea de ratas recorriendo en el cielo los suburbios del mar’. Un libro de poemas donde se refleja el paralelismo de la Historia sobre la historia personal del amor.
De no haberme conmovido y de no haberme gustado tanto, no hubiera escrito mis impresiones sobre el libro. Quiero que su huella permanezca en la ciudad junto a esas huellas de los tacones rojos.

Podéis leer un poema en el blog cuanto sé de vos

13.11.11

noche…¿de paz?/ Gregorio Fernández Castañón (4)

Se acerca la hora. El sol se va retirando lentamente. Y, aquí arriba, desde una de las cuevas de La Vallina de Valdemendruga, nuestra humildísima y húmeda morada rocosa, sentimos el aire frío. Frío como la nieve que hay bajo las huellas de nuestro destino. Huellas que nos delatan como sus enemigos y, sin embargo, ellos sí que son nuestras más perversas pesadillas. Ellos y nosotros. Nosotros y ellos. ¿Tendremos, al menos, un poquito de paz en esta noche fantástica? Nosotros lo intentaremos, de veras. Sin meternos con nadie, sin hacer uso de una sola bala (salvo que…). Pero… ¡Qué desgracia y qué tristeza la nuestra! Como si fuéramos leprosos malolientes, culpables de tanta carne putrefacta –según nos dicen los que se creen “buenos”-, tendremos que caminar mirando de reojo y escuchando las suelas de nuestros propios zapatos por si ellas, también nos llegan a traicionar. ¡Puta vida! En fin, a pesar de todo, bajaremos al pueblo a celebrar la Nochebuena en “familia”. A divertirnos.





Nocedades. 25 de diciembre de 1940.
Navidad.
  Con las primeras luces del día, y a la orilla del pozo de Los Prieto-Serrano, se descubrieron los cuerpos de L. F. M., y de M. A. T. con un tiro en la espalda (descansen en paz). Por encima de la nieve, unas gotas de sangre delataban el paso de un herido con dirección a Ovillos de Pormalat (¿J.R.R.?).
  Suerte, camarada, y que por fin, encuentres una vida... en paz (si te dejan).



Copiado de:
La Navidad cuenta
Varios autores
Camparredonda, 2010

A cerca de Gregorio Fernández Castañón:

12.11.11

noche…¿de paz? / Gregorio Fernández Castañón (3)

Hace tiempo que no se escuchan, por aquí, los atronadores ruidos d los proyectiles de las balas y de las botas que arrasan las rocas, impunemente, con violencia, en busca de nuestras guaridas. Humillándonos. Acorralándonos. Hace tiempo que no necesitamos sacar nuestra hacha de guerra para defender nuestra dignidad, a pesar de los pesares. Y hace tiempo que nos azuzan los perros de la rabia, rabia humana y rabia perruna, en un intento de darnos pólvora por bálsamos de ortigas y de cambiar nuestra sangre por esas condecoraciones (chapas oxidadas por el aliento del odio) que tanto les gusta lucir en su piel de reptiles. ¡Cabrones! ¡Bastardos!

Hace tiempo que el río no se mancha de rojo. Y hace tiempo que, en su orilla, en la orilla del río, no descansan unos cuerpos… muertos. Alimento de las alimañas y del desprecio si no hubiera sido porque nosotros, antes del amanecer, les cubríamos con un manto de tierra y, en su memoria, guardábamos unos minutos de respetuoso silencio. Hace tiempo, sí, que por aquí, no sufrimos bajas, y esperamos que tampoco hoy se rompa esa buena racha. Es Nochebuena. Y tenemos que hacer algo especial, diferente, si no queremos que los lobos se sientan excesivamente hermanados con nosotros y que los buitres, mañana, nos delaten con sus vuelos circulares monótonos y persistentes en busca de su ración de carnaza. Por eso, como siempre, dejando los poros limpios de cualquier resquicio de miedo, llevaremos a efecto nuestra propuesta acompañados por el silencio y la discreción de la noche: enmascarados de estrellas sin luz, bajaremos hasta el pueblo de Nocedales en busca de unas migajas de amor y de un puñado de afecto.

11.11.11

noche…¿de paz? / Gregorio Fernández Castañón (2)

Raposines escuchará nuestro ulular de búho real, como contraseña sonora, y nos devolverá la suya, pasado un tiempo, con toses y carraspeos. Ese será el secreto que que abrirá su puerta a nuestras sombras, y con él sabremos, además, que nos esperan, sin sobresalto alguno, el calor de unas brasas de roble y el acompañamiento sabroso y picante de unas sopas de ajo. Las truchas, como es de suponer, las llevaremos nosotros. Y llevaremos, también, un buen trozo de jamón curado y varias corras de chorizo, sustraídos, que no robados, de la cocina del horno del más ferviente asesino, soplón y cobarde de los hombres que no solo se considera ganador, sino que nos llama a nosotros “la escoria del pueblo”, cuando él, precisamente él, por librarse de un paseo seguro, seguro, seguro, se cambió de chaqueta antes de vender a su padre (rojo de ira por la traición). Ese Judas, y por supuesto cabrón, que tuvo la suerte de esfumarse de nuestra justicia por cuestión de segundos. Esta noche será un honor llenar la barriga a su costa y… Esta noche será muy especial para aquellos que vivimos permanentemente con el temor a ser descubiertos. Compartiremos abrazos y conoceremos en la voz de Raposines noticias de nuestras familias y amigos: “Por fin, ¿se habrá casado María?”. “¿Habrá tenido un hijo José?”. “¿Cómo le irá la vida a la abuela Dolores, siempre frágil y con sus eternos sabañones, pero viva a pesar de sus ciento y una primaveras?” Ay…

Parte 1:

10.11.11

noche… ¿de paz? / Gregorio Fernández Castañón (1)

(Parte de guerra: diario de una Nochebuena)

Hace mucho, mucho tiempo, que las campanas de Villarredil no propagan sus tañidos de bronce por el valle. Las casas tampoco conversan entre ellas con su lenguaje de humo y los perros deambulan desconcertados llorando, en silencio, la ausencia del hombre. La quietud de las ruinas daña la vista, especialmente cuando los muñones pétreos se dejan acariciar por un manto de nieve, y también porque los pájaros del invierno se niegan a coser los descosidos del cielo con su vuelo etéreo. Aquí arriba, sin embargo, desde lo alto de la Vallina de Valdemandruga, esa aparente “calma” se transforma en otra lectura. Somos cinco, sí, pero… estamos tan solos y nos conocemos tan a fondo que hasta los surcos de las arrugas delatan nuestros temores, nuestros más íntimos sentimientos. Hoy, lo sabemos, tres de nosotros vamos a arriesgar nuestra vida para sentirnos parte de esa humanidad que todavía alberga esperanzas entre las uñas que arañan deseos de paz. Lo haremos en cuanto las luces del balneario busquen el complot del sueño para retirarse discretamente y lo conseguiremos después de atravesar los pasadizos secretos donde el aire de libertad se encuentra al final… esperándonos. Cruzaremos la orilla del pozo de los Prieto-Serrano, con suma prudencia, para llegar hasta el de la Friura, más alejado de los ojos de nuestros enemigos. Allí, en el corazón de las aguas gélidas, intentaremos que las vastas redes de las garrafas atrapen unas cuantas docenas de truchas. Nos adentraremos, a continuación, en las eras, desiertas de sudor y de pan, antes de tocar las colosales ruinas de Nocedales. Ruinas ahumadas por el rencor y el atropello de esa maldita guerra que nos separó de nuestros nidos de amor y de nuestra sangre caliente. Pasaremos por delante de la casa de Chon, en pie de puro milagro (ella y su casa, las dos), y, siempre con el acompañamiento sonoro de las aguas bravas de un río empeñado en que las rocas no le impidan el paso, nos acercaremos hasta el hogar del amigo Raposines, uno de los pocos supervivientes de las batallas que se hicieron por las calles barrosas y los corrales ruidosos de Villarredil, su pueblo.

Acerca de Gregorio Fernández Castañon:
http://alfaro-laciudadsinnombre.blogspot.com/2011/11/gregorio-fernandez-castanon.html

7.11.11

La fiebre oscura y el dolor / Luis Miguel Rabanal, voz de María García Esperón


La fiebre oscura y el dolor,
las bellas palabras de los otros
dispuestas y solemnes
sobre la colcha ardiendo.
Nada ha sucedido, la enfermera
le da a beber sin más su agua.
Ella es pertinaz y distinta.
Como la memoria.
El sueño que se entrega
después de mucho convocarlo,
el peligro en la casa
que habitó con ellos y sin ellos,
la edad no cierta
del que escucha.

Copiado de: http://escritoenolleir.blogspot.com/2011/11/la-fiebre-oscura-y-el-dolor.html

5.11.11

Gregorio Fernández Castañón


Pasar tres horas, o más, en una sala de espera de urgencias se hace largo, te hace pensar en todas las imaginerías de ciudad dolor. Así que antes de salir de casa, cogí un libro de cuentos de Camparredonda que estaba esperando a ser leído, La Navidad cuenta, de varios autores, son cuentos de Navidad, con prólogo de A. Torices. Me llevé una grata sorpresa por el libro en sí, por los cuentos que iba leyendo.
La gran sorpresa llegó cuando leí la firma de uno de los cuentos, Gregorio Fernández Castañón, quien lleva adelante el Proyecto Cultural Camparredonda. Contra viento y marea y sin subvenciones se las arregla para que todos los años vean la luz dos libros, una revista y un CD de música. No tenía ni idea de que escribiera, de ahí mi sorpresa y lo hace muy bien. Quizá deberíamos conocer algo más esta faceta suya que acabo de descubrir.
Es algo largo para copiarlo de una vez aquí, pero poco a poco iré dejando algún párrafo, seguro que para Navidad estará copiado entero.