El enunciado:
El tiempo que me miras
es inversamente proporcional
a la intensidad con que te espero.
Si sustraemos
las horas al cuadrado de mis días
de los segundos de adición
que tú me ofreces
nos queda un resultado negativo
que hace que mi vida se aproxime
al conjunto vacío
¿tienes la solución a este conflicto?
Del libro Armadura de Azúcar, T. Dolmen Editorial, 2010, de Esperanza Medina
28.7.10
26.7.10
Jens Peter Jensen o Velpister o transeúnte del olvido
Pequeño telón arrollado por un coche familiar
He ofrecido mi alma
al diablo,
pero no me la quiso.
Demasiado impura,
dijo.
La ciudad de Dite
Poema, y cuadros, de Jens Peter Jensen copiado de su blog transeúntes del olvido.
Escribir muchas gracias es poco, Peter, las palabras de esta ciudad innombrada nunca serían tan divinas o demoníacas como las de la ciudad de Dite.
23.7.10
Todos los hombres que pronunciaron mi nombre / Begoña Leonardo
Los hombres que me amaron
medían el tiempo con una regla de latón
medían el amor con una brizna de hierba
medía el calor con la luz del mediodía
y me contaban cuentos
cuando la luna besaba los labios al sol.
Los hombres que me amaron
no eran los mejores amantes
expertos en kamasutra
no eran los más inteligentes
no eran los más guapos
los más fuertes
los más adinerados
ni unos pobres de solemnidad.
Tampoco eran príncipes encantados,
pero eran elocuentes oradores
en la lengua del silencio
de los espacios entres suspiros
eran matemáticos del ritmo
cogidos a mis caderas
y músicos virtuosos
manejando mi instrumento.
Los hombres que me amaron estaban de acuerdo
me decían similares piropos
me miraban y reían
casi igual
mentían, mordían
y me prestaban su camisa
casi igual.
Los hombres que me amaron
dormidos susurraban que era bonita...
Todos los hombres que pronunciaron mi nombre
supieron que habían amado a una mujer.
Del poemario:
"NO FRENES LA LENGUA DE LOS PÁJAROS"
medían el tiempo con una regla de latón
medían el amor con una brizna de hierba
medía el calor con la luz del mediodía
y me contaban cuentos
cuando la luna besaba los labios al sol.
Los hombres que me amaron
no eran los mejores amantes
expertos en kamasutra
no eran los más inteligentes
no eran los más guapos
los más fuertes
los más adinerados
ni unos pobres de solemnidad.
Tampoco eran príncipes encantados,
pero eran elocuentes oradores
en la lengua del silencio
de los espacios entres suspiros
eran matemáticos del ritmo
cogidos a mis caderas
y músicos virtuosos
manejando mi instrumento.
Los hombres que me amaron estaban de acuerdo
me decían similares piropos
me miraban y reían
casi igual
mentían, mordían
y me prestaban su camisa
casi igual.
Los hombres que me amaron
dormidos susurraban que era bonita...
Todos los hombres que pronunciaron mi nombre
supieron que habían amado a una mujer.
Del poemario:
"NO FRENES LA LENGUA DE LOS PÁJAROS"
Copiado del blog de Begoña Leonardo.
21.7.10
Igual me.../ Santiago Tena
Igual me...
... hago una torre con esta soledad.
Igual me...
hago una torre en tu interior, igual te compro el mundo, igual enciendo velas y mansalvas disparo de palabras de amor para tenerte dentro, igual me hago yo torre y mujer y camino, igual te busco luego, igual quiero mirarte, igual ya te imagino
Copiado del blog de Santiago Tena.
... hago una torre con esta soledad.
Igual me...
hago una torre en tu interior, igual te compro el mundo, igual enciendo velas y mansalvas disparo de palabras de amor para tenerte dentro, igual me hago yo torre y mujer y camino, igual te busco luego, igual quiero mirarte, igual ya te imagino
Copiado del blog de Santiago Tena.
16.7.10
Paisajes perdidos / Jose Luis Zúñiga
.
En las tierras del norte estará lloviznando.
En las tierras del norte el sol derrama astillas
mientras un cotidiano paraguas se pasea
ensimismado en nubes de nostalgia.
Sobre el salitre amigo de rocas que negrean
un sollozo distante recuerda a los ausentes.
Sólo un destello verde ilumina las noches
en las tierras del norte.
Hoy, sin asombro, porque nada ha pasado,
tu gente aspirará gotas de yerba
y verá transitar por las veredas una yunta de bueyes
camino de la cuadra, ajenos por completo a los romanos.
(Una estrella se posa sobre la espuma del acantilado.
Heráclito contempla perplejo el panorama
sin encontrar ni rastro de su lejana Éfeso.
Artemisa sonríe. El sacerdote humilla la cabeza
ante la mismidad clara del paisaje al cabo de los siglos.
Una humedad repleta de palomas da cobijo al maestro:
“Afirmo, amigos míos, que el río cuyas límpidas corrientes
contemplé es hoy el mismo río. Afirmo más: es un estanque inmóvil en el que se refleja la sombra de un camino. Mas todo permanece. Nada fluye”.
El cielo encapotado brinda la muerte al genio.
Einstein también recoge su melena ante el descubrimiento
de que el tiempo y la luz son absolutos, quietos,
en el norte).
Alberto guarda un deje de tristeza ante las matemáticas
y Heráclito destruye la dialéctica a cambio de un paisaje,
mientras tú te consumes entre tesis y antítesis perdidas
y tu corazón sueña un imposible vuelo de retorno.
Hoy, que adivinas lluvias en el norte,
el sol derrama azufre donde habitas.
Copiado del blog de Jose L. Zúñiga.
En las tierras del norte estará lloviznando.
En las tierras del norte el sol derrama astillas
mientras un cotidiano paraguas se pasea
ensimismado en nubes de nostalgia.
Sobre el salitre amigo de rocas que negrean
un sollozo distante recuerda a los ausentes.
Sólo un destello verde ilumina las noches
en las tierras del norte.
Hoy, sin asombro, porque nada ha pasado,
tu gente aspirará gotas de yerba
y verá transitar por las veredas una yunta de bueyes
camino de la cuadra, ajenos por completo a los romanos.
(Una estrella se posa sobre la espuma del acantilado.
Heráclito contempla perplejo el panorama
sin encontrar ni rastro de su lejana Éfeso.
Artemisa sonríe. El sacerdote humilla la cabeza
ante la mismidad clara del paisaje al cabo de los siglos.
Una humedad repleta de palomas da cobijo al maestro:
“Afirmo, amigos míos, que el río cuyas límpidas corrientes
contemplé es hoy el mismo río. Afirmo más: es un estanque inmóvil en el que se refleja la sombra de un camino. Mas todo permanece. Nada fluye”.
El cielo encapotado brinda la muerte al genio.
Einstein también recoge su melena ante el descubrimiento
de que el tiempo y la luz son absolutos, quietos,
en el norte).
Alberto guarda un deje de tristeza ante las matemáticas
y Heráclito destruye la dialéctica a cambio de un paisaje,
mientras tú te consumes entre tesis y antítesis perdidas
y tu corazón sueña un imposible vuelo de retorno.
Hoy, que adivinas lluvias en el norte,
el sol derrama azufre donde habitas.
Copiado del blog de Jose L. Zúñiga.
13.7.10
Historias de abandono / Luis Miguel Rabanal
Se hacía tarde en las casas y los hombres tomaban el último bocado, se rebelaban muchas veces contra todo y se dormían. Soñaban cosas desmesuradas, tales como cuerpos suaves de muchachas, o el nombre olvidado de sus muertos. Soñaban días en los que vivir no fuese asunto peligroso, un rostro que atisbar por si mintiera.
Llegaba la mañana con los cantos del mirlo. Se vestían una vez y partían a los abonos, a la linar, al campo. De cada hombre se puede hacer un dibujo enorme y diligente, mas qué importa, si trabajan en paz, una paz desprestigiada y forzosa, y caminan el otoño como si careciesen de alas, es decir, de memoria, de la inoportuna memoria.
Yo pensaba en ellos desde mi estatura de niño y sospechaba afrentas, frases dejadas caer en el bar Villamor, aquel Bar de interminables partidas, los escuchaba maldecir como si buscaran allí un asalto a la desolación, al límite. Había quien se alejaba con gesto huraño y sonreían los otros. Suponía en sus labios demasiadas deserciones y en su corazón la grosera verdad.
A veces, hoy mismo, me ocurre que los recuerdo tan bien que me da tristeza sobrevivir sin ellos. Los hombres sabios de mi tierra, los que me dejaron usar su azada y su superchería y su carro, los que me regalaron su voz que nada dice porque todo es embuste, en la Piedra rosa o en la cuneta solos, como si sucediese siempre así el ajuste de cuentas con la vida. Mañana es otro paraje cruel si tú lo nombras: tendrás que ser paciente con quien te ignora. Los perros han callado.
Llegaba la mañana con los cantos del mirlo. Se vestían una vez y partían a los abonos, a la linar, al campo. De cada hombre se puede hacer un dibujo enorme y diligente, mas qué importa, si trabajan en paz, una paz desprestigiada y forzosa, y caminan el otoño como si careciesen de alas, es decir, de memoria, de la inoportuna memoria.
Yo pensaba en ellos desde mi estatura de niño y sospechaba afrentas, frases dejadas caer en el bar Villamor, aquel Bar de interminables partidas, los escuchaba maldecir como si buscaran allí un asalto a la desolación, al límite. Había quien se alejaba con gesto huraño y sonreían los otros. Suponía en sus labios demasiadas deserciones y en su corazón la grosera verdad.
A veces, hoy mismo, me ocurre que los recuerdo tan bien que me da tristeza sobrevivir sin ellos. Los hombres sabios de mi tierra, los que me dejaron usar su azada y su superchería y su carro, los que me regalaron su voz que nada dice porque todo es embuste, en la Piedra rosa o en la cuneta solos, como si sucediese siempre así el ajuste de cuentas con la vida. Mañana es otro paraje cruel si tú lo nombras: tendrás que ser paciente con quien te ignora. Los perros han callado.
Un casicuento de LM Rabanal copiado de más palabras para olvidar.
10.7.10
Se busca / Alfonso Xen Rabanal
Se busca
cerebro apto para imaginar e imaginando descubrir nuevas cosas...
abstenerse cerebros desperdiciados por no preguntarse nada, apagados por la lógica imperante, perdidos en vagas hipótesis y desarrollos lineales, adocenados, trillados y decadentes, esclavizados por las corporaciones, programados para perpetuar la gran mentira...
Razón: ¿Razón?
Si la necesitas no respondas
...
Copiado de aqui, de el blues de luz azul, de Alfonso Xen Rabanal.
8.7.10
El robo / Pepe Pereza
Salí del despacho y cerré la puerta. Noté la mirada de los oficinitas y clavé la mía en el suelo. La vergüenza que sentía era de tal magnitud que me arrepentí de no haberme arrojado a las vías del tren. Ahí, en la oficina, todo el mundo era consciente de que yo había intentado robar a la empresa y seguro que también sabían que yo era el hijo de Pepe el carnicero. ¿Por qué no me tiré a las ruedas del tren? Seguí mirando al suelo, deseando que éste se abriese, me tragara y ser digerido a las profundidades del infierno. Seguro que aquello no es peor que esto, pensé. Con agrado le hubiera dado mi alma al diablo si a cambio me hubiese sacado de aquella oficina. Apenas podía moverme, tenía el cuerpo agarrotado de la tensión y la vergüenza. Deseaba esfumarme, convertirme en polvo y volar lejos de allí. Ya que no podía volar intenté hacerlo con la mente, evadirme era uno de mis juegos preferidos y nunca me resultó difícil hacerlo. Sin embargo, en esa ocasión no lo conseguí. A mi alrededor sólo había vergüenza, dentro de mi cabeza únicamente encontré vergüenza, mi cuerpo estaba paralizado por la vergüenza… No vi pasado ni futuro y el presente era un tupido y pesado manto de vergüenza que me cubría y aprisionaba. ¿Por qué cuando tuve ocasión no me arrojé a las ruedas de un tren? ¿Por qué?... Cuando todo va de culo es sabido que las cosas pueden ir a peor. Escuché una voz familiar que saludaba a alguien en las escaleras que daban a las oficinas, era la voz de mi padre. Alguien lo había avisado por megafonía para que se acercase a las oficinas. Mi primer pensamiento fue el de saltar por una de las ventanas, atravesar el cristal, caer al vacío y romperme el cuello contra el asfalto. Antes de que pudiera dar el primer paso mi padre se dirigió a mí extrañado de verme allí.
- ¿Qué haces aquí?
- Mamá está dentro. - respondí señalando la puerta del despacho del gerente.
- ¿Y a qué habéis venido?
Bajé la cabeza y me quedé mirando la punta de mis botas. Gracias a mi silencio mi padre intuyó que algo malo había pasado. Levantó el tono de su voz y me preguntó de nuevo:
- ¿Me escuchas?... ¿A qué habéis venido tu madre y tú?
¿Por qué no me arrojé a las ruedas del puto tren? Si lo hubiera hecho ahora no tendría que estar pasando por esto. De haberlo hecho ahora sería carne picada. La carne picada no siente miedo ni vergüenza. ¿Por qué no me tiré al puto tren? ¿Por qué?
- Me quieres contestar… ¿Qué coño ha pasado?
La puerta del despacho del gerente se abrió y éste le dijo a mi padre que pasase dentro, que él se lo explicaría todo. De reojo vi a mi madre llorando. ¿Por qué cojones no me tiré a la puta vía? Ahora sería carne picada, sin sentimientos… Mi padre entró en la oficina y la puerta se cerró frente a mis narices. La vergüenza dio paso al miedo y el miedo al terror. Empecé a temblar. Cada milímetro de mi cuerpo tiritaba. Miré a las ventanas y mentalmente elegí la que estaba más cerca. Intenté dar un paso hacia ella pero era como si tuviera pegados los pies a las baldosas del suelo. No podía moverme, solo temblar. Hice un nuevo intento, nada. Estaba paralizado por el miedo. Me dije a mí mismo que no podía desaprovechar la oportunidad de arrojarme por la ventana, ya perdí la oportunidad de tirarme al tren y llevaba arrepintiéndome desde entonces. Hice un nuevo esfuerzo por despegar los pies del suelo y a punto estuvo de soltárseme la vejiga. Me quedé quieto. Solo faltaba que me mease encima para que el único resquicio de dignidad que me quedaba se fuera por la punta de la polla. Fue entonces cuando oí la voz de mi padre que salía a través de la puerta y paredes del despacho del gerente. La oí yo y todos los presentes.
- Le mato. A ese desgraciado lo mato.
Un escalofrío de terror me recorrió la médula espinal. Si quería saltar por la ventana ese era el momento de hacerlo. Una de dos: o me mataba yo o lo hacía mi padre. Debía decidir. Me di cuenta de que no quería morir de ninguna de las maneras. Yo lo único que quería era salir de aquella oficina y esconderme en algún oscuro rincón. Ser consciente de que ya no iba a saltar por la ventana me quitaba la única opción que me quedaba. Desde ese momento supe que estaba en manos del destino y que debía acatar las consecuencias de mi acto. Maldije el libro para mis adentros. Maldije la hora que se me ocurrió robarlo, maldije a Miguel Gurrea, a Álvaro, maldije el puto día que estaba viviendo, la puta oficina, al guardia de seguridad que me pilló, al gerente. Finalmente, me maldije a mí mismo.
(Es un fragmento del cuento copiado del blog de Pepe Pereza, Asperezas,)
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