14.1.16

SE RUEGA SILENCIO / PEPE PEREZA


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El centro comercial es un universo en sí mismo. Se podría considerar que la primera y segunda planta son galaxias, y las secciones de alimentación, moda, complementos, perfumería, electrodomésticos y limpieza son los planetas. Cada uno de ellos está habitado por una raza diferente. Por ejemplo: los seres que ocupan el planeta Perfumería son muy distintos en modo y gesto a los del planeta Alimentación. Los primeros son elegantes y sofisticados, mientras que los segundos son más de andar por casa. Todo el sistema está estudiado, no se deja nada al azar. Se siguen varios protocolos y el orden de jerarquías está claramente diferenciado. Dentro de ese estatus, nosotros ocupamos el escalafón más bajo. Con nosotros me refiero a los cuatro pringados que han contratado para la campaña navideña. Es decir, tres chavales y yo. Nuestro trabajo consiste en vestirnos de Papá Noel y repartir folletos a los clientes. La tarea es sencilla y carece de responsabilidades. Esa es la parte buena. La mala es la miseria de sueldo que nos pagan, la cantidad de horas que tenemos que trabajar y, sobre todo, el calor que da el puto disfraz. En estas fechas la calefacción está a tope y no paramos de sudar. No hace ni una hora que he empezado el turno y ya noto cómo el sudor humedece el cojín que llevo atado a la tripa. Recorro los pasillos repartiendo las ofertas del día. El flequillo de la peluca me ciega y la barba se me mete en la boca dejándome la lengua llena de pelos sintéticos. Llego a la sección de congelados. Aquí la temperatura es más baja. Me planto junto a uno de los arcones frigoríficos y espero a que los clientes pasen a mi lado para entregarles el folleto. De vez en cuando me traslado donde están los yogures. Esta zona también está refrigerada. Entre ambos pasillos hago mi ronda y así evito asarme dentro del traje.

Se ruega silencio
Pepe Pereza 
Ediciones Lupercalia

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