Porque corren días de ira, y más que correrán, no pienso darle ninguna explicación ni a ella, la ira, ni a los padres de la ira. ¿Acaso os creéis que era mi padre un padre de la ira o un padre iracundo? Nunca hablo de mi padre, el personal, el muerto, el ausente, el borrado y el borrador. Y el hostigador. Hermosa semblanza, pensarán algunos. Eres hija y adquieres las palabras de la ira, las que discurren una tras otra atropelladamente. Freud enterrado y muerto, como la peste. Soy una gota más del río de aguas turbias que baja desbordado. Iracundos todos menos un tercio, justamente el tercio feliz, y el más airado por inercia propia.
Un mundo de insectos ascendiendo. No cierres los ojos, ni los abras. No abras las manos, ni las cierres.



