Laura Olivença ha bajado a la calle en pijama, no podía contener la sonrisa pensando que lo que estaba haciendo era una pequeña diablura, como las que hacía en la infancia. Ella dice que son arrebatos de una simpleza peligrosa, porque cree que esas insignificantes locuras que no quiere controlar se pueden convertir en grandes locuras. Estoy segura de que no me importaría la diferencia. La sonrisa se ha vuelto malévola, piensa que igual le podría dar por salir desnuda. No, realmente no lo creo, dice meneando la cabeza. Y de momento se tranquiliza.
Entra en la panadería, dice buenos días muy risueña y todo el mundo se vuelve a contestarla. Se han dado cuenta, piensa. Saben que estoy en pijama. Pero solo lo sabe ella. Compra el pan y de pronto pregunta: ¿Tienen pipas saladas? Compra dos paquetes y vuelve a casa corriendo como hace mucho no lo hacía; apenas me canso, dice, será por los nervios. Intenta acertar con la llave para abrir la puerta, pero la risa le puede, forcejea. Para ya, le dice a su mano. Abre, y una vez dentro, da la espalda al mundo de afuera. Qué bobos, no se han dado cuenta.
Entra en la panadería, dice buenos días muy risueña y todo el mundo se vuelve a contestarla. Se han dado cuenta, piensa. Saben que estoy en pijama. Pero solo lo sabe ella. Compra el pan y de pronto pregunta: ¿Tienen pipas saladas? Compra dos paquetes y vuelve a casa corriendo como hace mucho no lo hacía; apenas me canso, dice, será por los nervios. Intenta acertar con la llave para abrir la puerta, pero la risa le puede, forcejea. Para ya, le dice a su mano. Abre, y una vez dentro, da la espalda al mundo de afuera. Qué bobos, no se han dado cuenta.
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