27.10.14

Él era un niño grande. Demasiado grande, decía Yono tras escudriñarlo durante dos o tres minutos. Él era un niño grande y siempre llevaba en su mano derecha una flor que solía cortar en los jardines más próximos al ayuntamiento. Esta mañana le ofrecía la flor a Yono, que lo miraba alarmada ante semejante atrevimiento, como si pensara guardia pretoriana a mí, nunca se sabe de qué pie cojea un niño tan grande. Y si tararea una canción será una voz gangosa tarareando dios sabe qué. Guardia pretoriana a mí, a recoger la flor del niño grande. Afortunadamente ese día Tito se había quedado en casa durmiendo la siesta de las once. Me lo aconsejó mi hermana Ángela, dijo Yono al niño demente que le ofrecía la flor, hoy no podrás acariciar a Tito, ni mañana, ni pasado mañana, porque Tito a estas horas duerme las siesta de las once por prescripción facultativa de Ángela, el espíritu más felino de esta ciudad, el espíritu más felino de todo el mundo universo de felinos. Tras oír esto el niño grande abrió la boca y se comió la flor. Yono se quedó estupefacta observando la escena, sin decir nada giró sobre sus tacones y se adentró en el vestíbulo del ayuntamiento dispuesta a hablar con la alcaldesa sobre ello y sobre la situación de los dementes en la ciudad.

1 comentario:

  1. Tito y Ángela, felices, orgullosos de callejear de tu mano en La Ciudad Sinnombre. Abracísimo y ronroneos mil.

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