Deberíamos escribir todos los díasnoche un epitafio por lo que se nos muere y una bienvenida a lo que no nace.
Así somos si extendemos los brazos y eh, tú, a ti, como si fuesen los brazos de otro cuerpo sin abrazo y decirle a tu propio cuerpo que es un aprendiz de ritmo solitario.
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